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“Señales y prodigios mentirosos” ocurridos durante la Primera Cruzada

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Un soldado romano mete su lanza en el costado del Cristo crucificado, cuadro que ilustra el artículo sobre Señales y milagros mentirosos que a la primera bestia de Apocalipsis 13 se le permitió hacer. Durante la primera cruzada de los católicos romanos fue tramado el hallazgo de la ‘lanza sagrada’ en Antioquía de Siria en el intento de animar a los católicos a la batalla contra los musulmanes, descubriéndose enseguida el engaño.

Un soldado romano mete su lanza en el costado del Cristo crucificado, cuadro que ilustra el artículo sobre Señales y milagros mentirosos que a la primera bestia de Apocalipsis 13 se le permitió hacer. Durante la primera cruzada de los católicos romanos fue tramado el hallazgo de la ‘lanza sagrada’ en Antioquía de Siria en el intento de animar a los católicos a la batalla contra los musulmanes, descubriéndose enseguida el engaño. 

Eventos en la historia de la Iglesia Católica Romana y la Iglesia Ortodoxa Griega

-Amigo católico romano, ¿conoce usted la verdadera historia de su iglesia? Respetuosamente, le rogamos informarse. El conocimiento correcto no hace daño sino que abre el entendimiento a verdades y realidades vitales para una relación sana con Dios.

-Amigo ateo, escéptico o censor del “cristianismo”, las sanguinarias “cruzadas” no figuran en la historia de la verdadera iglesia de Dios. Esta nunca porta armas carnales en la propagación o defensa de su fe. “Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales…” (2 Corintios 10:3-5). Tampoco se encuentran “señales y prodigios mentirosas”, o leyendas artificiosas, en la historia de la verdadera iglesia de Cristo. Atribuir “guerras cristianas”, fábulas inventadas o supersticiones a la iglesia establecida por el Señor es una gran injusticia inexcusable. El “cristianismo”, en sentido colectivo, no representa correctamente a esta iglesia. La Iglesia Católica Romana, con sus “Cruzadas” militantes y “prodigios mentirosos”, no amerita ser considerada la continuación genuina de la iglesia fundada por Cristo Jesús, pese a sus insistentes reclamaciones al respecto. No pocos ateos se mofan de Cristo y su iglesia, citando “milagros fatulos”, como los que se descubren en este documento, pero el ateo intelectualmente honesto e imparcial tendrá el cuidado de representarlos correctamente como pertenecientes al “cristianismo en apostasía”, y no a la iglesia original y auténtica de Jesucristo.

La segunda bestia de Apocalipsis 13 “hace grandes señales, de tal manera que aun hace descender fuego del cielo a la tierra delante de los hombres. Y engaña a los moradores de la tierra con las señales que se le ha permitido hacer…” (Apocalipsis 13:13-14). El advenimiento del “inicuo”, llamado también “el hombre de pecado, el hijo de perdición”“es por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos” (2 Tesalonicenses 2:3-12).

El sacerdote Pedro Bartolomé alega hallar la “lanza sagrada” en Antioquía. “Apariciones de los mártires de San Jorge, San Teodoro y San Mauricio” en la cercanía de Antioquía de Siria.

El sacerdote Pedro Bartolomé presenta la "lanza sagrada" en Antioquía de Siria.  "Aparición de San Jorge" sobre colinas cerca de Antioquía al salir a pelear ejército de la Primera Cruzada.

Izquierda. El sacerdote Pedro Bartolomé presenta la “lanza sagrada” en Antioquía.
Derecha. “Aparición de San Jorge” sobre colinas cerca de Antioquía al salir a pelear el ejército de la Primera Cruzada. Ambas obras por Gustavo Dore. 
www.all-art.com  

El renombrado historiador Edward Gibbon relata los eventos.

Traducido del libro “El decaimiento y fin del Imperio Romano”, Tomo II, por Edward Gibbon. Publicado por la Enciclopedia Británica, Inc., Chicago, Londres, Toronto. Esta obra integra la serie “Libros grandes del mundo occidental”. 

[Año 1096 d. C. Lugar: Antioquía de Siria] 

Edward Gibbon escribe:

“Debían [las fuerzas de la Primera Cruzada] su salvación y victoria al mismo fanatismo que los había llevado al borde de la ruina. En una causa tal [la de liberar a la tierra santa del dominio de los musulmanes] y en un ejército tal [el de la Primera Cruzada], visiones, profecías y milagros eran frecuentes y familiares. Fueron repetidos con descomunales energía y éxito durante la angustia experimentada en Antioquía: San Ambrosio había asegurado a un eclesiástico pío que dos años de prueba habrían de preceder un tiempo de liberación y gracia, los desertores fueron detenidos ‘por la presencia y los reproches de Cristo mismo’; ‘los muertos habían prometido que se levantarían, combatiendo juntamente con sus hermanos’; la Virgen había obtenido el perdón de sus pecados y su confianza fue revivida ‘por una señal visible, a saber, el hallazgo, oportuno y espléndido, de la LANZA SAGRADA’ [Supuestamente, la misma que el soldado romano metió en el costado de Cristo].

En la ocasión de este evento, la póliza de los caudillos [del ejército de la Primera Cruzada] ha sido admirada, y bien pudiera ser excusada; pero un ‘fraude pío’ rara vez es producido por la conspiración fría de muchas personas, y un impostor voluntario acaso pudiera contar con el respaldo de los sabios y la credulidad de la gente. De la diócesis de Marselia [Francia], hubo un sacerdote, mañoso y de bajo moral, llamado Pedro Bartolomé. Este se presentó a la puerta de la recámara canciller con el propósito de divulgar una ‘aparición de San Andrés’, la cual había sido repetida tres veces mientras dormía, acompañada por una amenaza pavorosa de presumir él suprimir los comandos del cielo. ‘En Antioquía’, dijo aquel ‘apóstol’, ‘en la iglesia de mi hermano San Pedro, cerca del altar, está escondida la punta de acero de la lanza que penetró el costado de nuestro Salvador. Dentro de tres días, ese instrumento de salvación eterna, y ahora de salvación terrenal, será manifestado a sus discípulos. Busquéis, y hallaréis; alzadla en batalla, y aquella arma mística penetrará las almas de los opositores malos.’ El obispo de Puy, legado del Papa, pretendió escuchar con frialdad y desconfianza, pero aquella ‘revelación’ fue aceptada con entusiasmo por el conde Raymundo, a quien su fiel súbdito había escogido, en el nombre del ‘apóstol’, como guardián de la lanza sagrada. Se determinó realizar el experimento, y el tercer día, tras la debida preparación mediante oración y ayuno, el sacerdote de Marselia introdujo doce observadores, entre ellos el conde y su capellán, atrancando las puertas contra la multitud impetuosa. La tierra fue excavada en el lugar indicado, pero los obreros, trabajando por turno, excavaron a la profundidad de doce pies [tres metros], sin encontrar el objeto de su búsqueda. Durante la tarde, habiéndose el conde Raymundo retirado a su despacho, y comenzando a murmurarse los asistentes cansados, Bartolomé, vistiendo su camisa, nada más, y descalzo, descendió atrevidamente al foso. La oscuridad de la hora y del lugar facilitó que él ocultara y depositara la punta de una lanza sarracena, y el primer sonido, el primer esplendor, del acero [cuando Bartolomé la sacó] fue saludado con devoto éxtasis. La ‘lanza sagrada’ fue retirada de su nicho, envuelto en una prenda de seda y oro, y expuesta para la veneración de los cruzados. El suspenso ansioso de estos irrumpió en un grito general de gozo y esperanza, y las tropas desanimadas fueron inflamadas de nuevo con el entusiasmo de valentía.

Cualesquiera que hubiesen sido las artimañas, y cualesquiera los sentimientos de los caudillos, estos mejoraron hábilmente esta transformación [de las tropas], valiéndose de todas las ayudas que proporcionaran la disciplina y la devoción. Los soldados fueron enviados a sus cuarteles con la orden de fortificar sus mentes y cuerpos para el conflicto que se acercaba, consumir libremente ellos mismos y dar a sus caballos el resto de los parcos alimentos en su poder y esperar victoria al rayar el alba. Llegado el día del festival de San Pedro y San Pablo, abrieron de par en par las puertas de Antioquía, fue entonado un salmo marcial ‘Levántese Dios, sean esparcidos sus enemigos” [Salmo 68:1] por una procesión de sacerdotes y monjes, se organizaron los soldados en doce divisiones, en honor a los doce apóstoles, y la lanza sagrada fue entregada en manos del capellán de Raymundo, no estando este presente. La influencia de aquella reliquia, o trofeo, la sintieron los siervos de Cristo, y tal vez aun sus enemigos. Su ‘potente energía’ fue aumentada por un accidente, estratagema o rumor de índole milagrosa. Tres caballeros, vestidos de prendas blancas y portando armas resplandecientes, o emergieron, o dieron la impresión de emerger, de las colinas. La voz de Adhemar, el legado del Papa, los proclamó los mártires de San Jorge, San Teodoro y San Mauricio. El tumulto de la batalla no dio tiempo para dudar o escrutar, y la aparición bienvenida deslumbró los ojos de la imaginación del fanático ejército.

En la hora de peligro y triunfo, fue unánimemente afirmada la revelación de Bartolomé de Marselia, pero tan pronto acabara su utilidad temporera, la dignidad personal y las limosnas generosas que el conde de Toulouse devengaba en virtud de su custodia de la lanza sagrada provocaron la envidia, y despertaron el razonamiento de sus rivales. Cierto funcionario normando presumió examinar cuidadosamente, con espíritu filosófico, la verdad de la leyenda, las circunstancias de su descubrimiento y el carácter del profeta. El píoBohemundo atribuyó la liberación [de Antioquía] solo a los méritos y la intercesión de Cristo. Durante un tiempo, los provinciales defendieron su paladio nacional [la supuesta lanza sagrada] con clamor y armas, y nuevas ‘visiones’ condenaron a la muerte y al infierno a los escépticos profanos, los que presumieran escrutar la verdad y el mérito del descubrimiento. Pero, la prevalencia de incredulidad compelió al autor a someter su vida y veracidad al juicio de Dios. Una pila de haz de leña, cuatro pies de alto por catorce de largo [1.30 metros de alto por 3.8 de largo], fue levantada en medio del campamento. Las feroces llamas ardientes alcanzaron treinta codos [16 metros] de alto, dejando una senda estrecha de tan solo unas doce pulgadas [.32 metro] para la prueba peligrosa. El infortunado sacerdote de Marselia atravesó el fuego con dexteridad y rapidez, pero sus caderas y barriga fueron chamuscadas por el intenso calor, expirando él el próximo día. La lógica de mentes crédulas daría algún valor a sus protestaciones agonizantes de inocencia y veracidad. Los provinciales hicieron algunos esfuerzos para sustituir una cruz, un anillo o un tabernáculo por la lanza sagrada, prontamente desapareciendo esta [lanza], despreciada y olvidada. Con todo, la ‘revelación de Antioquía’ es afirmada seriamente por historiadores subsiguientes. Tal es el progreso de credulidad que ‘milagros’, muy dudosos en el lugar y el momento [de su supuesta ocurrencia], serán recibidos con fe implícita en un tiempo y espacio acomodaticiamente distantes.”

(Páginas 398-399)

Observación del traductor. Merece muy seria reflexión y aplicación a todo “milagro o señal” la última oración de esta historia. Dice:

“Tal es el progreso de credulidad que ‘milagros’, muy dudosos en el lugar y el momento, serán recibidos con fe implícita en un tiempo y espacio acomodaticiamente distantes.”

Sin lugar a dudas, esto mismo es exactamente lo que ha pasado en muchísimos casos de alegados “milagros o señales” –apariciones, estatuas o pinturas que sangran, sanidades, etcétera, etcétera. Seamos más objetivos que las masas de fanáticos que “vieron la lanza sagrada y las apariciones de San Jorge, San Teodoro y San Mauricio”. 

Notas del traductor Homero Shappley de Álamo. El Sr. Edward Gibbon recoge, a menudo, conceptos o pensares de algunas personas o entidades introducidas en su gran obra, expresándose de tal manera que el lector bien pudiera concluir que el escritor se solidarizara con ellas, no siendo así su sentir. Para mayor claridad, encerramos algunas expresiones de esta categoría entre los signos‘…...’. En la siguiente oración, se ennegrecen ejemplos. “Por un tiempo, la ciudad de Edesa resistió los asaltos de los persas, pero la ‘ciudad escogida’, la ‘esposa de Cristo’, también cayó en la ruina común, y su ‘semejanza divina’ fue reducida a esclava y trofeo de los incrédulos.” En esta oración, “ciudad escogida… esposa de Cristo… semejanza divina” eran conceptos que algunos cristianos del Siglo VIII tenían de la ciudad de Edesa, no compartiéndolos el escritor Gibbon. También encerramos entre corchetes [   ] palabras o expresiones nuestras con el propósito de esclarecer referencias, medidas, etcétera.  

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